26.1.10

Héroes y no tanto...

Héroes y no tanto...

Por Sara Plaza

En una entrevista al escritor y periodista Eduardo Galeano, aparecida en el diario español Público el domingo 3 de enero del recién estrenado año, este intelectual uruguayo explicaba la diferencia entre a grandeza y lo grandote, y a continuación señalaba cuál era su héroe favorito. Lo hacía con estas palabras:

En una charla me preguntaron cuál era mi héroe preferido. Yo dije: "El día que me iba al aeropuerto para iniciar este viaje tomé un taxi, y estuve conversando con el conductor. El taxista trabajaba en el taxi entre 10 y 12 horas, pero después tenía otro empleo. Dormía entre tres y cuatro horas por día para dar de comer a sus hijos. Para él no existían los domingos, ni se acordaba de qué eran". Ese es mi héroe preferido.

Ese día todavía tenía a medias “Taxi”1 del escritor egipcio Khaled Al Khamissi, una joyita en la que el autor presenta un puñado de historias y conversaciones con los taxistas de El Cairo, a lo largo de numerosos trayectos por sus calles y callejones entre abril de 2005 y marzo de 2006. En uno de los primeros capítulos Al Khamissi habla también de un taxista falto de horas de sueño, que llevaba tres días sin bajarse del coche porque debía reunir el dinero necesario para pagar el plazo del auto. Cuando Khaled le anima a que vaya a dormir dos o tres horas con el fin de que no muera en el intento de conseguir el dinero, el taxista le responde:

—Creo que no me entiende: se lo he jurado a mi mujer —dijo—. Nosotros vivimos al día. Si volviera a casa tendría mil problemas, vería a los niños sin nada que comer y a su madre perdida, sin saber qué hacer. No señor, por Dios que no pienso moverme de este taxi hasta que le pague todo el plazo del coche al señor Ibrahim Aysa. Después, volveré a casa.

Curiosamente, en la misma jornada, echando un vistazo a varios diarios y agencias de noticias de la otra orilla tropecé en la contratapa del Página/12 con un artículo del poeta y periodista argentino Juan Gelman, en el que, una vez más, podía leer la “preocupación” de Obama por las compañías y corporaciones financieras “sin recursos”. En esta ocasión, La Casa Blanca ofreció a la Asociación Nacional Federal Hipotecaria y a la Corporación Federal de Préstamos Hipotecarios un “regalito de Navidad” nada desdeñable: les aumentó el crédito sin límites. Estos sinvergüenzas, dueños y garantes de la mitad del mercado hipotecario estadounidense, van a seguir embolsándose millones y millones de dólares gracias, en parte, al magnánimo Obama y su notable, permanente y desinteresada “inquietud” por los más “desfavorecidos”.

Sin duda este señor debe ser uno de los héroes preferidos de los mencionados gigantes financieros, y vemos que su persona encaja perfectamente en la primera de las acepciones que para dicho término proporciona el Diccionario de la Legua Española de la Real Academia: “varón ilustre y famoso por sus hazañas o virtudes”. Entre las últimas ya hemos destacado su desprendida generosidad y podríamos añadir su enorme tolerancia al aceptar el golpe militar en Honduras y reconocer las recientes elecciones en el país bajo dicho gobierno militar . En cuando a sus hazañas, ahí están sus numerosas campañas bélicas (ocupación de Iraq, 30.000 nuevos soldados en Afganistán, intervención militar en Pakistán, ataques aéreos encubiertos en Yemen, operativos de la CIA y comandos de Operaciones Especiales aquí, allá y acullá). Y en lo que se refiere a su celebridad, fama y renombre, qué mejor ejemplo que ser el ganador del último Premio Nobel de la Paz y, como apunta Eduardo Galeano en la entrevista arriba indicada, hacer un chiste de muy mal gusto al pronunciar un elogio de la guerra cuando fue a recibirlo.

No sé qué pensará usted, pero tipos como este no están entre mis héroes favoritos por más que se ajusten a la definición del término y a los bolsillos de las entidades financieras. A mi parecer sus heroicidades son más bien actos temerarios y demuestran una gran cobardía y una tremenda irresponsabilidad.

Con héroes que no lo son tanto ¿qué papel les queda a los villanos?

(1) Al Khamissi, Khaled. Taxi. 2.ed. Trads. Alberto Canto García y Khaled Musa Sánchez. España: Almuzara, 2009.

Imagen. Obra de Carolina Campos.

18.1.10

Cosas que pasan...

Cosas que pasan...

Por Edgardo Civallero

Podría escribir hoy sobre el desastre de Haití. Pero no sobre la catástrofe natural, sino sobre la política, la social y la humanitaria. Sobre las pobrezas y miserias que se hacen visibles sólo después de que un terremoto golpee una sociedad, aunque hayan estado todo el tiempo ahí, hundidas ante nuestras narices (se entiende que la sangre, el sufrimiento y los cadáveres venden mucha audiencia). Sobre la hipocresía de muchos gobiernos, que ahora se muestran solidarios pero que hasta hace unos días apenas si se acordaban de Haití. Sobre los bastardos (de la clase que sean) que viajan hasta allí para "sacarse la foto". Sobre las crónicas informativas, que me parecen vergonzosas. Sobre los bancos españoles cobrando comisiones a los donativos enviados a la isla. Y sobre lo nocivo de la "ayuda" cuando no se tienen en cuenta las necesidades de los destinatarios, o sus particularidades (siempre pensamos que todos los mundos posibles dentro de este planeta nuestro tienen que funcionar como nosotros creemos que deben hacerlo).

Pero no, mejor no me/les arruino el día repitiendo las palabras y opiniones que tanto abundan ahora mismo en Internet. Porque terminaría llegando a la conclusión de que el pueblo haitiano, ahora mismo en el escaparate del mundo, expuesto su sufrimiento sin vergüenza antes todas las miradas, seguirá viviendo lo que hasta hace una semana había vivido una vez que los ecos del sismo se apaguen y la gente vuelva a sus asuntos y a preocuparse de otras cosas. Cuando la sensación se diluya, los dolientes volverán a su dolor. Como siempre ha sido. Cosas que pasan...

Podría anotar algunas ideas rescatadas de mi última lectura, "El Atlas Geopolítico 2010" editado por Le Monde Diplomatique. Podría hablarles de cómo las grandes corporaciones internacionales saquean al Tercer Mundo, de cómo les hacen perder su soberanía alimentaria mientras ellos cuidan con celo sus campos y cultivos, de las mentiras sobre la energía, de las incontables guerras alentadas por las superpotencias productoras de armamentos, de las condenas a los poseedores de armas nucleares por parte de sus inventores y mayores desarrolladores, de las Cumbres inútiles (Copenhague incluida), de las no menos inútiles declaraciones (Derechos Humanos en primer lugar), de las falacias, de las mentiras que nos cuentan a cada hora los medios masivos, de las verdades que denuncian los medios independientes sin que nadie les preste atención, de los problemas que enfrentan mi país y mi continente natal...

Pero... ¿para qué? ¿Para llevarnos las manos a la cabeza por unos minutos, exclamar "¡qué barbaridad!" y volver luego a nuestra segura rutina cotidiana, a nuestras opiniones mal enraizadas y peor construidas, a nuestro mundo virtualmente inalterable? No, mejor lo dejamos para otro día. Como hacemos con todo lo que puede llegar a sacudir nuestro frágil equilibrio mental. Lo apartamos de nuestra mirada y de nuestros pensamientos para que no moleste, para que no nos tumbe las estanterías tan cuidadosamente construidas a lo largo de los años. Para no mirarnos en el espejo de nuestras falencias. Porque entender que el sufrimiento de los demás está en nuestras manos y en las de los que elegimos para gobernarnos es molesto. Y es mejor quitarlo de en medio cuanto antes. Cosas que pasan...

Podría irme a asuntos más pequeños: por ejemplo, al mundo de los blogs. Podría contarles cómo lo que nació como un diario personal virtual para emitir opiniones y compartir información se ha convertido en un medio a través del cual las empresas manejan su publicidad dentro del marco de la Web 2.0. O cómo hay individuos que ya cobran por escribir en blogs, lo hagan bien o más o menos mal, escriban lo que escriban, siempre que consigan altos niveles de visitas. Podría reflexionar sobre cómo lo que en su día fue una alternativa para la comunicación social ahora ha sido fagocitado o destrozado por el sistema, al igual que las redes sociales, los periódicos "independientes" y tantas, tantas otras cosas.

Pero, por supuesto, no es agradable ver cómo nuestra libertad queda cada día más cercada, cómo nuestras opiniones se ahogan en un verdadero océano de palabras políticamente correctas y socialmente adecuadas, cómo nos venden el último juguete de turno (en aras del desarrollo tecnológico) para que nos entretengamos y no protestemos, cómo nos anestesian y cómo nos dejamos anestesiar. Mejor será que nos pongamos una cancioncita en el iPod Shuffle que nos han echado los últimos Reyes (únicamente utilizable a través de un programa de Apple, el iTunes) y que nos sentemos a leer un librito digital en nuestro eReader último modelo (comprado en las rebajas de enero para poder "fardar" ante los amigos de que tenemos "lo último" y de que nos unimos a ese mundo editorial que las grandes corporaciones nos venden como inevitable). Así nos olvidaremos un rato de que nuestras alas ya no pueden llegar donde quisieran, de que vivimos en una jaula dorada, de que compramos lo que nos dicen, leemos lo que nos dictan, nos informamos donde otros quieren y nos vendemos por treinta monedas. Cosas que pasan...

Podría escribir sobre todo eso, sí: sobre un año nuevo que no nos ha traído una vida nueva, sino más de lo mismo. Pero a estas alturas del partido ya me he deprimido de sólo pensar en todo lo que podría comentar, denunciar, protestar e ironizar sin conseguir maldito resultado. Parece que esta semana el peso de la realidad ha caído sobre las cabezas de mis musas particulares, y que el mundo es una única herida que duele entera.

Cosas que pasan, ¿no?

Imagen de alambradosmexicanos.com.mx

12.1.10

Los maestros del pecado

Los maestros del pecado

Por Sara Plaza

Ocurrió hace algo más de un mes. Escuché una conversación entre un par de amigas cincuentonas que recordaban sus años infantiles en un pueblo chiquito de la sierra pobre madrileña. Una de ellas le contaba a la otra que por aquel entonces, hace más de medio siglo, con el telón de fondo de la dictadura franquista y el nacionalcatolicismo llevando la batuta, se juntaba con otras niñas de su misma edad antes de ir a misa, y entre todas se ponían de acuerdo para decirle al cura los mismos pecados cuando fueran a confesarse. Yo me sonreí con la ocurrencia. Ese día la anécdota nos hizo gracia a todos los presentes, pero esa mujer nos explicó el miedo con el que se vivía entonces, el temor que le inspiraban sus guías espirituales y las pesadillas que tuvo durante años con el infierno. Su relato me condujo hasta uno de los estantes de nuestra biblioteca, donde no tardé en localizar el libro que buscaba. Lo escribió la autora chilena Marcela Serrano y su título es "Para que no me olvides". Es un texto delicioso y yo sabía que en él había un párrafo que tenía que ver con ese momento de la confesión cuando la protagonista era todavía una niña. Tuvo lugar en Santiago de Chile, en el escenario de otra dictadura, sólo unos pocos años después del episodio que relataban las dos amigas de quienes hablaba al principio, y Marcela Serrano lo refirió así:

Nadie me enseñó nada, hasta que ese cura maldito me confesó. Yo no tenía más de trece años y estábamos con mi mamá en una iglesia que no era la nuestra. Fui a confesarme, como lo hacía siempre en la mía. Y empecé con mi lista, la repetía de memoria: he desobedecido, he dicho mentiras, me he portado mal, le contesté a mi papá, le pegué a mi hermano, olvidé mis oraciones... Y el cura me interrumpe: ¿No ha tenido malos pensamientos? ¿Qué es eso, padre?, le pregunté a través de los hoyitos en la madera del confesionario. ¿No ha tenido ganas de que un muchacho la toque? ¿No ha pensado cosas cochinas al leer una revista o al tocarse su propio cuerpo? No, padre. Pues, prepárese a combatirlos, hija, los malos pensamientos ya le llegarán. Salí asustada. Yo era inocente. Y obvio, él me dio la idea. Esa noche tuve mi primer «mal pensamiento».

¿Verdad que es maravillosa la literatura? Como nuestra memoria, ella también atesora numerosos recuerdos. Nosotros los llevamos a cuestas, ella los transforma en historias pasadas, presentes y futuras que se alimentan de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que ansiamos llegar a ser.

¿Y los curas? O, mejor dicho, ¿y los curas como "ese cura maldito"? Pues por ahí andan haciendo de las suyas. Metidos a maestros del pecado, haciendo oídos sordos a la reforma educativa, insistiendo en la pedagogía del miedo y apuntalando la miseria intelectual de sus alumnos. Ahí están proclamándose abanderados de la vida y enmudeciendo ante millones de sentencias de muerte. Levantando el dedo y agachando la mirada. Prejuzgando, amenazando, castigando, prohibiendo. Ahí están y se consideran más que nadie, más y mejores. Dicen saber lo que desconocen y estar en posesión de la verdad, de la única verdad. Condenan la mentira pero falsean la realidad. Responden cuando nadie les pregunta y se defienden cuando nadie les ataca.

Sin duda tienen su lugarcito en el mundo, pero siguen sin entender su complejidad, continúan desoyendo sus muchas voces e insisten en condenar a quienes lo interpretan de otro modo. Empeñados en ver demonios han construído un auténtico infierno a su alrededor.

Afortunadamente la literatura también oucupa su propio espacio y se ha hecho un hueco dentro de nosotros. Un hueco bastante más luminoso que el sombrío agujero que absorbió los sueños de aquella joven serrana. Una ventana al exterior que nos hace un poco más felices y un mucho más libres. Que nos da alas y nos regala el cielo de sus historias para volar.

Nota: Al terminar de escribir esta entrada encontré en el diario Público un artículo de Vicenç Navarro titulado "¿Es España católica?". En él su autor esboza los resultados de un informe recientemente publicado por la Universidat Progressista de Catalunya y que pasó desapercibido entre los grandes medios de información españoles. Les dejo el link por si les apetece echar un vistazo al panorama actual.

Otro artículo que creo puede ser interesante y completar esta entrada, es el escrito por Luis Ángel Aguilar Montero aparecido en el sitio web Rebelión bajo el título "A Rouco le sobraron más de 900 mil hostias". Lo pueden hallar en el siguiente link.

Ilustración de Sara Plaza

4.1.10

Por amor al arte

Por amor al arte

Por Edgardo Civallero

El oficio de artista nunca fue fácil. Tampoco bien retribuido, históricamente hablando. La frase que titula esta entrada no se acuñó como una simple metáfora: es parte de una realidad de siglos. Mozart no murió en la miseria más espantosa porque ganara millones de royalties. Como él, otros centenares de artistas (conocidos y anónimos) terminaron sus días sin un cobre en el bolsillo ni un lugar propio donde caerse muertos. A ellos se unieron pensadores, filósofos e inventores. Y científicos, por supuesto, porque la ciencia tampoco fue un buen negocio. Basta con leer la biografía de Maria Sklodowska (más conocida por el apellido de su esposo, Curie) y saberla congelándose en un galpón para obtener la primera muestra pura de radio.

El boom de los artistas adinerados es bastante más reciente. Supongo que mucho habrá tenido que ver la aparición de los intermediarios: editores, productores, distribuidores y un largo etcétera para cuya descripción necesitaría varias entradas de este blog. No hace falta enumerarlos, a decir verdad: cualquiera que haya tenido un mínimo contacto con el mundo del "comercio cultural" los conoce demasiado bien. Son los actuales creadores de dioses y de ídolos, los que transforman el barro en oro, los que manejan la "cultura de masas", los que "amablemente" nos indican lo que debemos consumir. Tales individuos (y sus compañías, monopolios y consorcios) terminaron convirtiéndose en un mal necesario. Sin ellos la producción, distribución y publicitación masiva de los bienes culturales hubiera seguido siendo algo "engorroso". Algo que rememoraría a los autores aquel pasado renacentista y barroco en el que se gestionaban las publicaciones ante el impresor amigo o se distribuía el propio trabajo librería por librería o galería por galería.

Gracias a esos intermediarios (o por su influencia directa) nacieron las tempranas legislaciones de derechos de autor. Tales leyes originalmente protegían a los creadores literarios de la rapacidad de los editores, que imprimían y vendían copias de lo que querían sin pedir permiso ni dar un céntimo a cambio (Statute of Anne, 1709).

Asombroso, ¿no?

Y supongo que merced a ellos nacieron también las ganancias que a la postre reciben los autores. Ganancias generalmente mínimas (en el caso de los libros, un 8-10 % del precio de venta) si se comparan con lo que perciben las compañías, empresas y sucursales varias. Pero que pueden llegar a ser exorbitantes si la venta se hace bien. Es decir, si nos convencen de que "debemos" comprar tal o cual cosa y de que el precio que pagamos por ella es el adecuado, por elevado que sea.

Los intermediarios nunca hicieron nada "por amor al arte". En realidad vivieron del arte. Del de otros, por supuesto. Pues de eso se trata para ellos: de un negocio. Un negocio en el que se quedan con el 90 % de las ganancias.

Un negocio que es mucho más visible en las publicaciones académicas, que cobran fortunas por su compra y acceso mientras los autores no suelen ver un céntimo (y encima tienen que sentirse afortunados si se les publica, porque es parte del proceso científico y porque es la única forma de hacerse un curriculum "respetable").

No pretendo despotricar aquí contra tales intermediarios: sus acciones, a pesar de ser muy discutibles (dependiendo de la perspectiva, claro está), permitieron una difusión amplia de ciertos elementos que, de otra forma, no hubieran llegado a nuestras manos.

Sin embargo, tal vez debido a su búsqueda desmedida de ganancias y a un largo etcétera de razones variopintas, está surgiendo un nuevo modelo. Ése es el que pretendo mostrar a continuación.

Ya son muchos los músicos que publican su obra directamente en su sitio web (ver, por ejemplo, el magnífico trabajo del grupo asturiano Xera). O la suben a plataformas de acceso abierto como Jamendo, o a sitios colaborativos como RedPanal. Por no hablar de lugares del universo digital tan conocidos como MySpace Music, o a redes de descarga de música en donde son los propios autores los que promocionan sus discos y permiten su descarga bajo licencias Creative Commons.

Son numerosos los escritores que autoeditan sus libros, situándolos directamente en línea, en archivos de acceso abierto para literatura, o en sus propias páginas. Proporcionan la opción de impresión bajo demanda a través de empresas como Lulú.com o Bubok, entre otras muchas que han surgido a la vera de este movimiento. E incluyen sus trabajos en espacios de registro de propiedad intelectual digital como Safe Creative, y los ven diseminados a través de plataformas de almacenamiento gratuito de archivos como Megaupload o Rapidshare (entre otras muchas) o en redes como la argentina Taringa! (reseñada como uno de los 10 sitios más buscados del 2009 por uno de los últimos suplementos semanales del diario español "El País").

Son varios los cineastas que, tras cansarse golpeando sin resultado las puertas de productoras y estudios (como lo han hecho los músicos en las compañías de distribución y los escritores en las editoriales) ven cómo su película tiene una repercusión enorme en la comunidad virtual una vez la han puesto (o se la han puesto) en línea. Así, por ejemplo, se hizo conocido "Ink", un film extraño pero encantador. Y a través de YouTube y otros medios similares han encontrado justo reconocimiento cortometrajes, documentales y reportajes.

Así ocurre con fotógrafos y diseñadores (y sus famosos álbumes en Flickr), con escultores y pintores, y también con académicos, periodistas y pensadores (blogs, archivos de acceso abierto, revistas de Open Access...). Es una migración al universo digital que no convence a todos, por cierto. Pero en ese mundo virtual, cumplir los sueños depende de uno mismo y de su habilidad para promocionar su producto, para hacerlo visible y difundirlo. El artista se ha emancipado, es independiente, puede hacer lo que le plazca, cómo le plazca y cuándo le plazca...

Al principio de toda esta historia, la relación entre autor y público era más directa, menos preocupada por los derechos de autor, las ventas y las ganancias. El escritor quería ser leído y poder vivir de su trabajo, como cualquier hijo de buen vecino. El lector, el oyente o el aficionado querían disfrutar de ese toque especial que el arte da a nuestras vidas, arrancándolas de la monotonía y la rutina para insuflarles un poquito de magia. Eso era todo: nada más. Pero luego vinieron otras cosas que enturbiaron el asunto. De pronto las voces pequeñas sólo podían escucharse merced a sellos independientes que siempre terminaban asfixiados por los monopolios. Ciertos nombres se pusieron de moda y eclipsaron a sus colegas. Disfrutar de la cultura costaba una pequeña fortuna. El pensamiento independiente apenas si se oía, y las producciones originales y que se salían de las "normas" sólo podían encontrarse en ciertos festivales, ferias o negocios...

Hoy las cosas están cambiando. Y lo hacen de la mano de los propios productores de bienes culturales, que han encontrado un camino por dónde andar un poco más libres. Queda mucho por hacer, construir y recorrer en ese nuevo sendero, pero la buena noticia es que existe, que está ahí. Aunque no se ingresen dinerales en las cuentas corrientes, los artistas han retomado ese camino renacentista-barroco de autoeditarse, de salvar las barreras de los intermediarios, de conectar directamente con su público.

Y si todo esto sucede ante nuestros propios ojos es porque, aunque parezca una locura en estos tiempos que corren, todavía hay mucho amor al arte.

Nota 1. Se abren caminos alternativos, sí, y son muchos los autores que publican y difunden gracias al buen hacer de empresas que sustentan ese modelo de autopublicación. Pero me pregunto... ¿cuánto tardarán esas empresas "independientes" y "alternativas" en convertirse en los nuevos intermediarios? ¿Cuánto tardará este nuevo modelo artístico y cultural en ser absorbido por la corriente dominante?

Nota 2 y off-topic. Hablaba, al principio de esta entrada, de Maria Sklodowska. Esa mujer, primera en ganar dos premios Nobel (en la época en la que no se repartían con tanta liberalidad como ahora los de la Paz) y primera también en dar clases en la Universidad de París (la famosa Sorbona), no patentó el proceso de aislamiento del radio, para que la comunidad científica pudiera investigar sin problemas. Se ve que los años han cambiado las cosas: hoy corremos el riesgo de despertarnos con la noticia de que la acción de respirar está patentada. Y deberemos pagar por derechos de autor para seguir vivos...

Foto de Edgardo Civallero