12.12.17

Al borde del precipicio

Al borde del precipicio
Por Sara Plaza
Compartimos una entrevista reciente con el ecólogo, ingeniero y escritor David Holmgren, quien, junto con Bill Mollison, desarrolló y puso en práctica el concepto de permacultura. Publicada originalmente en la revista Guernica, con el título "David Holmgren: A Matter of Scale", fue realizada por la escritora y artista Naomi Riddle. El texto original en inglés, con una pequeña introducción, puede leerse aquí.
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Cuestión de escala

Guernica: ¿Tu interés por la ecología y preocupación por el medioambiente comenzaron cuando eras joven?

David Holmgren: La conciencia ecológica fue algo que despertó el interés de mis padres en los años sesenta del siglo pasado, al igual que el de mi hermano menor y el mío. Mis padres reaccionaron enérgicamente al boom minero a comienzos de aquella década en Perth [Australia occidental], cuando se derribaban casas para construir gasolineras y se estaban cubriendo de cemento los suelos. Pero su principal preocupación era la justicia social. Mis padres adoptaron el socialismo utópico como el salvador del mundo, y enseguida vino la decepción.

Tanto Bill [Mollison] como yo creíamos que la permacultura iba a proyectarse en un mundo colapsando, y que se perfilaría como marco conceptual. Hoy resulta cómico el temor de verla convertida en una especie de movimiento extravagante, pero entonces el riesgo de que se transformase en algún tipo de extremismo ideológico nos parecía muy real.

Guernica: Parece que los principios de la permacultura estaban inspirados y fueron desarrollados a partir de las ideas previas de sostenibilidad y autosuficiencia [self-reliance]. ¿Cuáles fueron sus influencias históricas?

David Holmgren: Yo entiendo la permacultura como parte de una gran ola que comenzó en la década de los setenta del siglo pasado, pero que a su vez se basó en el trabajo realizado en los años treinta, e incluso antes, sobre todo en el contexto australiano, en las últimas tres décadas del siglo XIX. La idea de sostenibilidad y autosuficiencia se asocia a menudo con momentos de inestabilidad económica: en el último decenio del siglo XIX se produjo la primera gran depresión mundial, luego hubo un periodo de calma hasta los años treinta del siglo pasado, y una nueva subida que acabó en los setenta.

El informe Los Límites al crecimiento (1972), que coincidió con la crisis del petróleo de 1973, tuvo una grandísima influencia en nosotros, al mostrar cómo el crecimiento demográfico era insostenible en un mundo con recursos energéticos finitos. El libro de E.F. Schumacher, Lo pequeño es hermoso (1973), también influyó de manera decisiva en nuestros principios de permacultura, en concreto la idea de soluciones pequeñas y lentas. La semilla que Bill plantó surge del siguiente razonamiento: si en la naturaleza el bosque representa la ecología más eficiente y óptima, ¿por qué nuestra agricultura no funciona como un bosque?

Ahora bien, el contexto de la permacultura ha sido siempre mucho más amplio ya que se trata de una agricultura permanente apuntalando una cultura permanente. De ahí la tensión que existe entre si la permacultura tiene que ver solo con la agricultura o con todo lo que hacen los seres humanos. Pero planteado desde una perspectiva ecológica o de sostenibilidad, la agricultura es la principal manera de satisfacer la mayoría de nuestras necesidades, y constituye la mayor intervención humana en el medioambiente. Ha configurado nuestra cultura tanto como la modernidad industrial, pero no solo durante los últimos dos siglos, sino desde hace 10.000 años. Es absolutamente fundamental para lo que llamamos cultura, sin embargo, el pensamiento moderno continua diciendo, "¡bah!, pero si se trata de algo menor que solo ocupa al 2% de la población". Bill Mollison y yo entendimos que los cimientos de una cultura sostenible y sana estaban en una agricultura sostenible y sana.

Guernica: ¿Hubo en aquel momento un fuerte deseo político de restablecer la visión de que la agricultura, la cultura y el crecimiento sostenible están intrínsecamente conectados?

David Holmgren: En los años setenta del siglo pasado había una sensación de que el proyecto de crecimiento industrial estaba amenazado. Muchos de nosotros creíamos que el informe Los límites al crecimiento conllevaría un cambio rápido y radical en la sociedad, sobre todo teniendo en cuenta el elevado coste de la energía, de los alimentos y demás. Y esto se evitaría con lo que económicamente se conoce como desintermediación, que significa ser cada vez más autosuficientes: una sociedad simplificada y de menor tamaño que colocaría la agricultura, de manera automática, en una posición central para la vida.

En lugar de eso, en los años ochenta, bajo el mandato de Thatcher y Reagan, el crecimiento económico real pasa a ser un falso crecimiento basado en el crédito. La ironía es que pensábamos que los mercados eran más inteligentes de lo que en realidad son. Pero lo cierto es que el elevado coste energético impulsó enormemente la exploración de nuevos recursos. Los petrodólares se reciclaron, por medio del Banco Mundial y del FMI, a través de los países del tercer mundo para que desarrollaran sus propios recursos, desplomando los precios del cobre y otros materiales. De repente había un montón de riqueza y la gente que andaba con esto de la autosuficiencia, lidiando con los canguros y las cacatúas, se dio cuenta de que sus amigos habían desaparecido y se habían convertido en millonarios. Estos grandes ciclos geopolíticos y económicos tuvieron un impacto directo en quienes trabajaban en la autosuficiencia. La gente percibió los fracasos de la época como sus propios fracasos.

Guernica: Parece que debido a algunos de esos fracasos en los ochenta, hubo un cambio clarísimo hacia una idea más concreta de permacultura, enfocada en cómo poner en práctica esos principios generales.

David Holmgren: Desde 1976 he insistido a quienes forman parte del movimiento de la permacultura en que debían existir espacios de demostración, en lugar de ser nosotros lo que intentásemos convencer a la gente. Me parecía que el punto débil de la permacultura era la falta de ejemplos vivos. Se había puesto mucho énfasis en la comunicación, la campaña y la ideología en vez de incorporar los conceptos a la práctica. Mi planteamiento era que si se trataba de una buena idea debíamos ser capaces de aplicárnosla a nosotros mismos, como conejillos de indias, y hacer algo con ella en lugar de decirles a los demás lo que debían hacer.

Guernica: ¿Hubo principios de la permacultura que no funcionaron tan bien como esperabais?

David Holmgren: Hubo varias cosas. Muchas de las aplicaciones de la permacultura a pequeña escala o a nivel doméstico no guardaban necesariamente relación con lo que se podía hacer en escenarios agrícolas más amplios. Yo mismo tenía entonces una actitud más sobria hacia el potencial de los cultivos arbóreos –por ejemplo las especies de frutos de cáscara, que son muy particulares en cuanto al suelo– para colonizar los suelos más duros y degradados de lugares como Australia. La gente estaba comprando la tierra más barata en mitad de la nada, así que los experimentos se llevaban a cabo en algunos de los lugares con peores condiciones. Esto tuvo algo de hybris [desmesura], pensar que íbamos a poder domesticar los terrenos más hostiles y difíciles, pero también se debió al hecho de que las mejores tierras estaban ocupadas por la monocultura industrial a gran escala. Muchos de los ejemplos en los que nos habíamos basado los teníamos en lugares geológicamente jóvenes comparados con Australia.

Guernica: Mucha gente tiene la impresión de que la permacultura trata de ser parte de la naturaleza o eliminar la figura humana de esta. ¿El objetivo de la permacultura es reducir la influencia humana tanto como sea posible para que se encarguen los sistemas naturales, o sigue siendo necesario cierto nivel de control humano?

David Holmgren: La permacultura estaba orientada a reducir la cantidad de control y manipulación que supone la industrialización desenfrenada. Pero cuando se la compara con el estilo de vida pasivo moderno, la permacultura sigue requiriendo un trabajo físico duro y la intervención del ser humano para mantener el sistema en un determinado estado. Sí, la idea era desarrollar un nivel de auto-regulación cada vez mayor con bucles de realimentación positiva y negativa, pero el ser humano sigue siendo parte del sistema. Se trata más bien de realizar manipulaciones e intervenciones modestas en escala, imitando los modelos que funcionan en la naturaleza. El principio de tener que trabajar con ella en lugar de luchar contra ella no es una mera cuestión ética. Supone darse cuenta de que no tenemos el control. La naturaleza no es solo una fuente de alimentos ni únicamente protectora, también es una fuerza destructora.

Guernica: Hace poco leí un ensayo de la poeta Mary Ruefle titulado "On Fear" [Sobre el miedo], y ella sugería algo parecido: que los seres humanos deberíamos asustarnos más de la naturaleza, que nos hemos vuelto demasiados complacientes con nuestra posición de supuesto control.

David Holmgren: Eso es parte de un cambio que he observado en el ecologismo moderno, abandonar la noción de la naturaleza como una joven inactiva que necesita ser alimentada y atendida. La permacultura siempre se ha basado en una relación a largo plazo con la naturaleza, y la enseñanza que hemos extraído es que si no mantenemos una cierta disciplina nos aplasta.

La permacultura formaba parte de un entendimiento compartido que estaba emergiendo en los años setenta del siglo pasado. Pero la salvajada de los años ochenta y el auge del neoliberalismo distorsionaron el ecologismo de muchas maneras. Algunas ideas hay que reinventarlas y redescubrirlas constantemente, en particular la idea de la omnipotencia del ser humano. Lleva mucho tiempo abandonarla.

Guernica: ¿Estamos en un punto de inflexión?

David Holmgren: Creo que estamos al borde del precipicio. Llevamos algún tiempo padeciendo crisis energéticas y el cambio climático, podríamos decir, simplificando mucho, que el milenio arrancó con la aceleración de las diferentes crisis. Pienso que está muy claro que el aumento del coste de la energía y de las desigualdades, junto con las burbujas económicas, fueron las razones principales del desplome de la economía global en 2008, y solo a través de la creación masiva de deuda extra con dinero gratis se pudo detener. Pero yo creía que el derrumbe bursátil de 1987 iba a ser el final de las burbujas económicas, así que no sería la primera vez que me equivocara.

Guernica: Con el cambio climático la gente tiene una fuerte tendencia a mantenerse al margen, a negar, a no querer ver que en su vida diaria han de producirse cambios radicales.

David Holmgren: No me hago ninguna ilusión de que en el futuro tendremos un mundo impecable, ni siquiera deseable. Se conseguirán muchas cosas por necesidad, y muchas de ellas a través de todo tipo de frágiles disfunciones, no porque sean malas ideas sino porque inevitablemente se adoptarán de manera caótica, reactiva. Creo que la permacultura se fortalecerá y se volverá más significativa porque los principios que la sustentan se generalizarán rápidamente a medida que el sistema se vuelva más y más vulnerable.

Si renuncias a intentar cambiar las grandes estructuras y te pones en marcha hacia lo que algunos denominan autocomplacencia, preparándote para la catástrofe, puede entenderse como algo tremendamente negativo o pesimista. Pero hay otra forma de plantearlo: al poner de manifiesto que la manera como vivimos y actuamos es perfectamente normal y viable, estaríamos intentando protegernos contra la depresión y la impotencia, y además ofreceríamos un modelo que otras personas podrían copiar, adaptar. Y eso tiene mucho que ver con cambios a gran escala.

Guernica: ¿Qué consejo le darías a personas que, como yo, están muy preocupadas por el medioambiente y el papel que juegan en el cambio climático, pero que viven mayoritariamente en ciudades, de alquiler, con acceso limitado a la tierra y, a menudo, bajos ingresos? ¿Qué nos pueden ofrecer los principios de la permacultura?

David Holmgren: Una parte de mi próximo libro, RetroSuburbia, se ocupa de encontrar maneras de trabajar conjuntamente con los propietarios de la tierra, sorteando así a los agentes inmobiliarios. Aunque no puedas conseguir lo que llamamos seguridad de tenencia, siempre hay maneras de desarrollar relaciones laborales con las personas cuyo nombre aparece en esos extraños pedazos de papel que llamamos títulos de propiedad. Puede no ser seguro a largo plazo pero lo que uno aprende haciendo uso de la tierra de otro, del capital de otro, de las herramientas de otro, a menudo es mucho más valioso.

Mucha gente se queda atascada pensando que ellos no pueden poner sus energías en algo a menos que les pertenezca. Dada la situación actual, obtener la propiedad de la tierra se está volviendo cada vez más improbable. Pero esa no es la parte esencial. Si somos capaces de adaptarnos y desarrollar las habilidades y los conocimientos necesarios para ser útiles, se abren muchas más oportunidades. Y esas son las destrezas que nos van a hacer falta, porque ese es el mundo hacia el que nos encaminamos.


Fotografía de Sara Plaza.

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