19.9.17

Identidades nacionales en la era del smartphone

Identidades nacionales en la era del smartphone

Por Sara Plaza

Compartimos un artículo del escritor británico Paul Kingsnorth, uno de los fundadores del Dark Mountain Project, publicado originalmente en el diario New Statesman bajo el título "The Last Wolf". Dicho artículo ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero con permiso expreso del autor, del cual también hemos traducido y publicado en este espacio: "Ecología oscura. Buscando certezas en un mundo post-verde"; "En el salón negro", que recoge sus reflexiones después de visitar la cueva de Niaux en los Pirineos franceses; una entrevista con el conservacionista y filántropo Douglas Tompkings y su esposa Kristine, que Kingsnorth recuperó con motivo del fallecimiento del primero hace más un año y medio; "La llamada de la naturaleza", donde el autor cavila sobre el mundo no-humano; "2016: El año de la serpiente"; "El axis y el sicómoro", sobre la nueva era Axial que estaríamos atravesando y la importancia de los relatos; y "El fin de la soledad".
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El último lobo

¿Hay algo más aburrido que debatir la esencia de la "inglesidad", o cualquier otra identidad nacional que venga al caso? Deben de haber sido millones las palabras que se han vertido en esta infructuosa búsqueda durante más de un siglo, produciendo gigatones de viento que podrían haberse aprovechado para energía. Discusión tras discusión, la esencia sigue sin aparecer, y todo el mundo vuelve al principio y comienza de nuevo.

Así ha sido hasta ahora. Más recientemente, a raíz del referéndum del "Brexit" y las divisiones que ha puesto en evidencia, el debate sobre quiénes somos "nosotros" se ha vuelto más tenso y apremiante. Inglaterra, y Gran Bretaña en sentido amplio, no está sola en la búsqueda de su alma. Los argumentos sobre pertenencia, cultura, condición de nación, e identidad están inundando Occidente –y no solo– porque las personas tienen cada vez menos claro quiénes son o dónde están. Las grandes transformaciones que han producido el hipercapitalismo, el cambio tecnológico y niveles de migración sin precedentes están convirtiendo en regla el desarraigo, y cuanto más desarraigadas se sienten las personas, más quieren saber a dónde pertenecen y de dónde vienen.

Los políticos británicos a menudo responden a esto tratando de formular algo así como nuestros "valores" colectivos. Así es como somos, dicen, 65 millones de personas, y a continuación leen en voz alta el listado de cosas únicamente "británicas" que solo los "británicos" hacen, como estimar la democracia, ser tolerantes entre ellos y formar colas educadamente. Estos intentos de la unidad de arriba a abajo fracasan siempre, en gran medida porque, con la posible excepción de formar colas, todos los "valores" afirmados son prácticamente universales. No hay nada particularmente "británico" en valorar el estado de derecho o la libertad de expresión (recortar dicha libertad suele ser una virtud británica más fiable, si hacemos caso de la historia). El fracaso de cualquiera que intente elaborar una lista de "valores" que sean únicamente británicos –o ingleses, o galeses, o escoceses– sugiere que no existen. Actualmente, la isla está repleta, es tan diversa y está tan desconectada que difícilmente puede haber demasiado en común.

¿Así que, de haber algo, qué es lo que podría definir esa escurridiza "inglesidad", el sujeto del último libro de Robert Winder, The Last Wolf: the hidden springs of Englishess? [El último lobo: el origen secreto de la inglesidad]. Puedo afirmar con confianza que el inglés sabe preparar una buena taza de té fuerte mejor que nadie en el planeta (con la posible excepción del irlandés), y que somos los campeones mundiales de las exhibiciones caninas, la cerveza propia y las bandas indies. Pero no estoy seguro de que estas sean cosas por las que animaría a mi hijo a morir patrióticamente en una trinchera.

Winder ofrece una respuesta mejor, y es una que cualquiera lo suficientemente valiente o suicida como para contribuir al debate sobre la identidad europea contemporánea debería tener en cuenta. Ofrece un sendero a través del horroroso y espinoso laberinto de argumentos sobre raza, etnicidad, migración y demás, hacia algo que, potencialmente, podría unir a las personas en lugar de dividirlas. Lo que hace y forma a un "pueblo", explica Winder, en Inglaterra y cualquier otro lugar, es aquello que comparten todos: el lugar mismo. Si hay una "inglesidad" es la formada a partir de la naturaleza, literalmente, de Inglaterra:

"Si realmente quisiéramos buscar la identidad nacional, creo que el lugar correcto donde tendríamos que mirar sería el legado natural de montañas, valles, ríos, piedras y neblinas: materiales básicos que, con el paso del tiempo, han moldeado nuestro modo de ser. El paisaje y la historia –el pasado y el escenario natural– serían las únicas cosas que podríamos reclamar como verdaderamente nuestras. Así como algunas plantas se desarrollan en la arena y otras en el barro, también el carácter nacional se alimenta de nutrientes que no puede alterar."

Al comienzo del libro Winder cita al novelista Lawrence Durrell, quien plantea lo mismo de forma más provocadora:

"Creo que si se exterminase a los franceses de un golpe y se repoblase la tierra con tártaros, al cabo de dos generaciones... se habrían convertido en norma las mismas cualidades nacionales: la incesante curiosidad metafísica, la inclinación por vivir bien y el individualismo apasionado."

Durrell continua diciendo que "un chipriota que se estableciese en Londres se convertiría con el tiempo en un inglés, simplemente porque las costumbres humanas dependen tanto del medio local como los árboles y las flores." Estoy en posición de comprobar esta hipótesis, porque mi abuela era una chipriota que se asentó en Londres. ¿Se volvió inglesa? Bueno, vestía como los ingleses, vivía en un adosado, preparaba el típico almuerzo inglés, ganó un montón de premios en otro montón de concursos de perros y sus amigas inglesas la llamaban Doris porque les costaba pronunciar Demetra. Por otro lado, nunca perdió su acento, su lengua o los vínculos con su tierra natal, y siempre hizo una pésima baclava. No sé qué significado puede tener todo esto salvo que las etiquetas pueden confundirse muy rápidamente.

Y ese es el punto de Winder: olvidemos las etiquetas, miremos la tierra bajo vuestros pies. Ahí está el origen de nuestra "identidad". Pensemos en el último lobo de Inglaterra, que da título a su libro. Supuestamente exterminado a finales del siglo XIII por un caballero de Shropshire llamado Peter Corbet (el rey había encomendado a este "gran cazador" y otros nobles que limpiaran la tierra de depredadores), la desaparición del lobo permitió a los ingleses transformar su paisaje –de una forma que no resultaba posible para muchos países europeos cuyas poblaciones de lobo eran demasiado numerosas y estaban demasiado interconectadas como para poder ser eliminado por completo– en "la mayor granja de ovejas del mundo". Esto convirtió a Inglaterra en la Edad Media en una próspera economía de la lana. Fue una revolución agrícola que afectó a todo, desde la propiedad de la tierra hasta la dieta, las estructuras de clase o la arquitectura de Cotswolds, y no fue solo porque había dejado de haber lobos, sino porque "el país estaba hecho de hierba".

El mismo suelo y el mismo clima que hizo crecer la hierba, hizo lo propio con el trigo, que, principalmente como pan, ha sido la base de la dieta inglesa desde el auge de la agricultura hasta nuestros días, cuando comemos más trigo que nunca. Súmese a ello el descubrimiento posterior del carbón, del que se encontraron vetas riquísimas por todo el país, y que dio origen a la Revolución Industrial y el Imperio Británico, y lo que Winder sugiere, solo medio en broma, es que el carácter nacional inglés podría resumirse en la siguiente ecuación: e=cw4: "Englishness equals coal x wool, wheat and wet weather" [Inglesidad es igual a carbón multiplicado por lana, trigo, y clima húmedo]

La idea central del libro –que "la historia natural podría ser una rama de la ciencia política"– es un correctivo necesario para el debate público en el que, cada vez más, nos hacen creer que prácticamente cada aspecto de nuestro carácter es un "constructo social". Winder quiere que entendamos que en gran parte se trata de una construcción natural, lo que a su vez significa que no controlamos del todo nuestro desarrollo. No es un mensaje que mucha gente quiera oír en la era de los selfies y la elección del consumidor: "Así como cada viñedo (o terroir) produce su propio vino, los seres humanos están condicionados por su paisaje inmediato. Ahora nos movemos más, así que los bordes están desdibujados, pero el esqueleto subyacente de la cultura inglesa –la esencia de la psiquis nacional– quizá haya cambiado menos de lo que pensamos."

A medida que iba leyendo, no pude evitar querer más detalles sobre ese "esqueleto subyacente". ¿Dónde están las canciones tradicionales, los romances, las baladas? ¿Dónde está la mitología? ¿Dónde están los pequeños detalles de la vida de la gente que, a lo largo de la historia de Inglaterra, probable y fundamentalmente fue moldeada por el paisaje, moldeándolo a su vez?, ¿dónde está el campesinado? Hay destellos de todo eso pero también hay demasiada historia de libro de texto sobre los inventores y sus inventos, sobre las revoluciones y las guerras. Un libro como este debería comenzar por abajo, desde el barro, desde el sustrato del bosque. Yo quería una historia con más sabor a tierra, más embarrada.

Pese a ello, hay mucho que masticar en sus páginas. La pregunta que se hizo este reseñista al llegar al final fue: ¿sigue siendo cierto algo de todo esto? Puede que en su día las costumbres humanas fueran conformadas por los lugares, ¿lo son ahora?

Cuando la gente en Inglaterra, o en cualquier lugar del mundo moderno, está más conectada, a través de las pantallas que sostienen en la mano, con la corriente que mueve el molino de la "cultura" consumista global que con el paisaje que tienen alrededor, y cuando solo un puñado de nosotros trabajamos en el campo o lo conocemos ¿qué posibilidad tiene el escenario natural de formar la base de nuestra vida cultural?

Si el carácter nacional inglés es tan difícil de precisar, ¿podría ocurrir que tal cosa no exista más; que el inglés, como otros habitantes de la tecno-pos-modernidad, estén siendo moldeados no por su medio natural, sino por el artificial que está emergiendo para encerrarlos en un capullo de silicio? ¿Cuándo los metales pesados de tu smartphone proceden de minas en Indonesia, no en Cornwall, cuál es la ecuación que te define? ¿Te importa?


Imagen: The Noosphere de Charles Glaubitz.

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